La doctora María Luisa Piraquive nació en el departamento de Santander, en la república de Colombia. En 1993 obtuvo su licenciatura en Lingüística y Literatura de la Universidad de la Sabana en Bogotá. Con el paso del tiempo, ha adelantado estudios y obtenido diversos títulos, la mayoría en Ciencias de la Educación y la Administración.

Entre ellos, se cuentan el diplomado en Gestión Comunitaria y Gerencia Social de la Pontificia Universidad Javeriana y la especialización en Gerencia Educativa de la Universidad Libre, en Colombia.

También, Maestrías en Ciencias de la Educación y, en Administración Educativa, ambas del Consejo Iberoamericano en Honor a la Calidad Educativa, entidad que, en el 2012, reconoció su labor mediante el Doctorado Honoris Causa Summa Cum Laude.
Dos años después, le confirió el título honorífico de Ilustre Académico de Iberoamérica, y el Doctorado en Filosofía de la Educación Ph.D.

La Universidad YMCA de México, le otorgó el Doctorado Honoris Causa por su destacada trayectoria profesional y su distinguida labor como líder social en beneficio de comunidades vulnerables.

En 2016, se graduó del Triple Máster en Derecho Internacional, Derechos Humanos y Cooperación Internacional del Instituto Europeo Campus Stellae, con sede en Santiago de Compostela, España.

Por otro lado, su labor y dedicación a las actividades sociales le han hecho merecedora a múltiples reconocimientos directos en Colombia y en diferentes países del mundo, y a la Fundación Internacional que lleva su nombre.

Amor por lo de Dios

Desde su niñez su corazón fue inquieto por los asuntos relacionados con Dios. En sus juegos llamaba al Creador esperando que Él le contestara. Le preguntaba: “Dios, ¿dónde estás?”, al tiempo que imaginaba y deseaba que en el cielo aparecieran mensajes escritos, con alguna respuesta del Señor. La doctora María Luisa narra en el libro de Vivencias que a la edad de siete años tuvo el siguiente sueño:
“Soñaba que era el fin del mundo y que el Señor Jesucristo apartaba las almas que estaban destinadas para el cielo y las que irían al infierno. Veía los dos cúmulos de cuerpos muertos y yo estaba al lado del Señor observando lo que Él hacía”.

“De repente, se dirigió a mí y me dijo: "Ayúdame a escoger las almas para el Reino", yo le respondí: "Sí Señor, pero cuando yo me muera tú me llevas para el cielo”.

“Aunque el Señor no me respondió con palabras, mirándome, asintió con la cabeza. De inmediato comencé a trabajar seleccionando todas las almas para el cielo, ninguna para el infierno”.
La hermana María Luisa recuerda que despertó sorprendida por el sueño y lo conservó en su memoria. Años después, cuando llegó por primera vez a una iglesia evangélica en 1965, lo relató a una persona anciana de aquella congregación, quien lo interpretó, confirmando que era un llamamiento de Dios, es decir, que el Altísimo la había predestinado para servirle.
 

Educación e Inicios en lo laboral

La hermana María Luisa cursó los cinco primeros años de instrucción básica. Siempre fue sobresaliente en sus estudios, obtenía las mejores calificaciones, ocupaba los primeros lugares, participaba en obras de teatro, bailaba, recitaba y cantaba. Sin embargo, la escasez de recursos obstaculizó muy pronto su educación formal. Más adelante, una tía suya la acogió y se hizo cargo de enseñarle valores, la importancia del trabajo y diferentes aspectos de la disciplina personal.

Por aquel entonces, en los municipios donde vivió su niñez tampoco había instituciones que ofrecieran los ciclos educativos siguientes, por lo cual, quien deseara continuar estudiando tenía que trasladarse a las ciudades principales más cercanas: Tunja, Saboyá o Villa de Leyva. El destino que les esperaba era la formación normalista, que preparaba a los alumnos para ser maestros de escuela. Esta posibilidad, naturalmente, sólo estaba al alcance de las familias con mayor solvencia económica y, la de la hermana María Luisa, no se contaba entre ellas.

El trabajo de su padre, miembro activo de la Policía, era objeto de constantes traslados entre un pueblo y otro, por lo cual toda la familia estuvo expuesta a seguir aquel ritmo impuesto por los continuos cambios y desplazamientos.

Cuando cumplió trece años de edad se trasladó a vivir definitivamente en Bogotá, en compañía de sus hermanas, para continuar con sus estudios. Comenzó a trabajar en fábricas de confecciones en las funciones más básicas, relacionadas con botones, ojales e hilos.

Adolescente, autodidacta, trabajadora.

Su sentido de superación rápidamente la llevó a capacitarse en el manejo de las máquinas de coser. La calidad de su trabajo le permitió algunos ascensos y aumento de sueldo. Perfeccionó sus habilidades en el bordado de ropa de cama y en la confección de vestidos para bebés.

Desde muy joven ha sido una mujer autodidacta. A partir de un libro de corte y confección extractó moldes para vestidos. Comenzó, además, a confeccionar ropa para niños, niñas y adultos. Fabricaba las prendas de vestir de toda su familia. También producía para los demás, generando ahorro e ingresos adicionales para su hogar.
Incluso diseñó y elaboró vestidos de novia, de fiesta y de cumpleaños. Para ella, al margen de los modestos beneficios económicos que recibía como pago por su trabajo, siempre fue agradecida y disfrutaba cada encargo. Confeccionar cada prenda se convertía en un pasatiempo.

Más adelante, aprovechó su experiencia para enseñar a otras mujeres en este oficio, tantas veces transformado en arte, de modo que ellas pudieran generar ingresos propios a favor de sus hogares y de sí mismas.

Inicios de la vida espiritual

Hermano Luis Eduardo Moreno

A los dieciséis años conoció a Luis Eduardo Moreno Moreno, por ese entonces predicador de una iglesia Pentecostal. Con él, contrajo matrimonio el 16 de septiembre de 1966.

Desde entonces, se propuso esforzarse e interesarse por conocer del Señor. Empezó a leer la Biblia de principio a fin, una y otra vez, con la intención de indagar por su propia cuenta acerca de la Verdad. Aunque su esposo la ayudaba, explicándole múltiples pasajes y aspectos de la Escritura, la hermana María Luisa siempre quiso entender la doctrina por sí misma, procurando que Dios le enseñara.

Así, la Biblia y el evangelio se convirtieron en el eje principal de su vida, en el objeto de su reflexión continua. Su dedicado estudio de las Escrituras la llevó a inquirir en la obra del Espíritu Santo. Aprendió, pues, acerca de la necesidad de buscar y recibir los dones espirituales, y su trascendencia en la carrera que permite alcanzar, al final, la vida eterna.

De esa forma, en compañía de su esposo y cuatro personas más, en 1972 da inicio la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional, congregación religiosa cristiana fundamentada en la Biblia. Al principio, fue dirigida por el hermano Luis Eduardo Moreno, ejemplo vivo de amor y entrega incondicional al Dios Viviente, a su Obra y a la congregación de los hijos del Señor, quien atendió, hasta el último día de su vida, los asuntos relacionados con la Iglesia en el ámbito nacional e internacional.

Estudios, esfuerzo y dedicación

Solo hasta 1979 la hermana María Luisa tuvo la oportunidad de retomar sus estudios. Mediante el programa estatal del Bachillerato por Radio, culminó la escuela secundaria e, incluso, incursionó por primera vez en el aprendizaje del idioma inglés. Luego de arduas jornadas, que comenzaban con las primeras horas de la madrugada y se extendían hasta altas horas de la noche, en las que combinaba todos sus quehaceres y responsabilidades, obtuvo su grado 1988.

Enseguida, aprovechó la modalidad de estudios a distancia y comenzó una nueva etapa en la Universidad de la Sabana, inscribiéndose en la Licenciatura en Educación con especialidad en Lingüística y Literatura. Cinco años después, en 1993, alcanzó su título profesional.

Con el tiempo, Dios le ha provisto los medios para seguir desarrollando aquella vida académica, tan ligada a ella desde muy temprana edad. Han llegado títulos de especializaciones, maestrías y doctorados, tanto en la Colombia que le vio nacer, como en otros países de América y Europa.

Ejemplo a imitar

Como se ha visto, siendo aún menor de edad, llevó sobre sí múltiples obligaciones, atendiéndolas todas y destacándose por su cumplimiento y responsabilidad. Su preocupación por el bienestar de los suyos la condujo a asumir muy pronto el cuidado de sus padres y la orientación de sus hermanos, para que no les faltara nada de lo necesario; preocupación que, además, ha caracterizado su proceder a favor de los hijos de Dios, de cada persona temerosa del Señor, que le presenta al Creador un corazón dispuesto y sincero para adorarle y seguirle.

La hermana María Luisa recuerda que tal sentido de responsabilidad y cumplimiento con los deberes de esposa, madre y ama de casa lo observó en su propio hogar, desde niña, y ese fue el legado que recibió de su señora madre.
Le fue posible atender todos los frentes de forma paralela. Sus capacidades se hicieron evidentes, por lo cual muchos han tomado, y toman su ejemplo de superación, para emprender faenas semejantes en sus propias vidas, mediante el esfuerzo, la disciplina, la dedicación que han aprendido de la hermana María Luisa.

Su propia experiencia dejó huellas profundas y positivas en su ser. Por esto, aún orienta parte de sus esfuerzos a favor de aquellos niños que, en la actualidad, estudian en situaciones precarias. Procura, mediante la Fundación que lleva su nombre, y por sí misma, que ellos cuenten con condiciones dignas para su educación.

Faceta como madre

En adición a todo lo que se ha mencionado, la hermana María Luisa, aquella mujer de hogar, de familia, ha sido hermana, tía, sobrina, amiga, madre de cinco hijos y abuela de nueve nietos, quienes han disfrutado de su dedicación, entrega y afecto incondicional.

“Ha sido consentidora, amorosa y al mismo tiempo exigente con sus hijos… junto con el hermano Luis Eduardo Moreno les enseñaron mediante palabras, pero, sobre todo, con su buen ejemplo personal los valores y el temor a Dios. Sus hijos siempre han contado con ese referente para tomar buenas decisiones en sus vidas”.

Sus hijos mayores son César Eduardo y Alexandra, siguiéndole Perla, Iván Darío y Carlos Eduardo.
La hermana María Luisa destaca de todos ellos su nobleza, pues siempre se acomodaron a las circunstancias, para que sus padres pudieran buscar y servir al Señor constantemente. Ellos nunca los forzaron a asistir a la Iglesia, pero, sin duda, se criaron en el temor del Señor, en medio del buen ejemplo, la oración, las enseñanzas y el estudio de la Biblia.
En 1996, tras el fallecimiento del hermano Luis Eduardo Moreno, la hermana María Luisa se convirtió en la única mujer en el mundo en liderar una Iglesia de origen colombiano, que se ha extendido a todos los continentes. La congregación permanece en constante expansión, el respaldo de Dios se hace evidente, los testimonios acerca de las maravillas de Dios, la felicidad, el cambio de vida y la transformación del ser, son innumerables.

Se cuentan, en la actualidad, cerca de mil templos alrededor del mundo, en 52 países, visitando 40 naciones más.